Sobres sin remite

Empieza la Cuaresma, ella mira por la ventanilla del avión y ve un asteroide que le roza el alma. Aterriza con el tiempo justo procedente de Uruk, donde la Unión Europa acaba de gastar miles de millones en tratar de reinventar la rueda entre el Eufrates y el Tigris.

Trabaja en la Comisión Europea de Fontanería desde que suspendió las oposiciones al cuerpo diplomático aquella vez que confundió Génova con un cantón suizo. Aquella tarde perdió la oportunidad de pertenecer a lo que sería la generación perdida de los planes de desarrollo para la privatización de los pantanos y se dejo seducir por un toro camino de Creta y se fugó a Europa.

El taxi la deja a las puertas de la biblioteca del parlamento que aún no han cerrado por falta de presupuesto. Es viernes al mediodía y empieza a llover minutos antes de la presentación del libro. Al fondo de la sala la fotografía de Tarradellas en el balcón cubre toda la pared. Asisten todos los herederos de la crónica sentimental de la transición. Presenta una ex-espía reconvertida en periodista, escribe un escritor reconvertido en político. La lluvia insiste y en la esquina derecha del escenario descubre su próximo cadáver. Han reventado las cloacas de la política y están el peligro de extinción todos los cargos de confianza sin papeles que filtrar ni remitentes que ensobrar.

Ella dedica el tiempo libre a desahuciar políticos y él es su actual encargo. Acaba la presentación. Todos aplauden. Ella se va por la puerta de atrás de un parlamento que aún no han cerrado por falta de presupuesto. Él habla con el director del periódico donde mañana se publicarán los papeles de la filtración. Al salir cruzan la mirada.

Él como buen secretario de organización nunca quiso entrar en el gobierno. Ella, demasiado joven para saber que los príncipes azules destiñen, quedó prendada en la primera rueda de prensa. La historia duró lo que dura una legislatura subida al Dragon Khan de la política. Ellos volvieron al poder y ella desapareció por decreto de urgencia.

Al salir cruzan la mirada y no la recuerda. Ni a ella ni a la tarde en que le explicó la historia de Gilgamesh, cuando ella aún soñaba con ser escritora y él le escribía sueños con la arcilla sobrante de todos los secretarios de estado con pies de barro. Ni recuerda la última cena en La Camarga.

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