Papá cuéntame otra vez

Lucía se mudó al número siete de calle Melancolía, donde no paran los tranvías, donde nadie pregunta, donde se niega lo que se esconde, donde nunca es primavera, donde nunca la encontraré, donde sólo hay ausencias, donde las niñas ya no quieren ser princesas, donde no hay mar.

Hasta aquel día en que los adoquines se transformaron en baldosas de Gaudí y llegó a la Barcelona donde conocería al amor de su vida, donde recuperaría al que un día fue su padre. Café. Solo. Ni cuentos, ni utopías, ni sueños, ni futuros, ni explicaciones, ni pasados, ni direcciones, ni subjuntivos, ni conjunciones, ni cuentos, ni canciones, ni finales. Ni nada que contar otra vez. Ni tan siquiera un “si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy”.

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