Con la paz de las montañas

Lucía dejó los montes y se vino al mar para llenar la piel de promesas, de locuras, de equilibrios, de rabias, de gritos, de silencios, de secretos, de falsedades, de certezas, de faltas de ortografía, de defectos, de manías, de manos frías, de futuro.

El Barrio de Salamanca en plena Festa Major de Gràcia fue toda una vida de puentes aéreos hasta el día que Laura encontró junto al café un beso y la flor. Lucía, esa muchacha típica, olvidó el sabor a hierba de su nombre; confundió el gato con el unicornio y el azul con la esperanza; dejó a Laura con el corazón partío, sin fumar más chinos en Madrid, sin peces de ciudad, sin las cosas que hacen que la vida valga la pena.

Y los días pasaron entre las canciones que cuesta tanto olvidar, que tarareamos como hemos cambiado, que no sabemos cantar si tú no estás, que maldicen que boig per tu no sea una canción de amor que temer a la madrugada, que pasan como los días entre un montón de gente sola.

Y todo para que un día Lucía vea por televisión a Laura a la derecha de Cospedal y confirme la certeza de que no bastaba que la entendiera y que muriera por ella.

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