En pleno Serrano

Juan lee en el periódico la última noticia sobre el asesino de los cuentos. Tres víctimas en dos meses. La policía no tiene ninguna pista sobre los cadáveres encontrados con un texto clavado en el corazón. Un Borges, un Arlt y un Cortázar. Juan cierra el periódico al llegar a República Argentina, se levanta y lo deja sobre el asiento. Sale del vagón y la elige al azar. Hay demasiada gente. Llega tarde al ascensor. Corre por las escaleras. La ve al lado del semáforo de Juan de la Cierva. Deja que se aleje un poco. Veinte metros es la distancia perfecta para no ser descubierto.

Ella lleva los auriculares puestos. Camina despreocupada. Mira los aparadores de ropa y cruza por los pasos de cebra sin saber que la siguen. Juan es del barrio. Conoce las direcciones prohibidas, los carriles bici, los bares de mala muerte, las paradas de autobús, los callejones sin salida, las farolas con poca luz, las alcantarillas mal cerradas, los portales sin sereno, las bocas de metro, los locales abandonados. Para Juan es muy fácil moverse tras alguien sin ser detectado.

Ella entra en un estanco. A Juan le vibra el móvil en el bolsillo. Un mensaje de Laura. “Cariño, compra Apiretal. Se ha acabado y la pequeña aún tiene fiebre. No llegues tarde. Te quiero”. Mira el reloj. Diez minutos para las nueve. “Joder”, piensa.

Ella sale del estanco y sigue su camino. Juan duda. Acelera el paso. La adelanta sin mirarla decidido a llegar a la farmacia antes de la hora de cerrar. Y entonces ella le habla. “¿Disculpe, tiene fuego?”. Juan se paraliza. Hablar con ella no entraba en los planes. Nunca ha habido contacto directo hasta ahora. Ella insiste. “¿Perdón, tiene fuego?”. Serrano está inusualmente desierto y a Juan le sudan las manos. Manosea el encendedor que lleva en el bolsillo derecho. Se gira y descubre sus preciosos ojos verdes, su sonrisa angelical, el Philip Morris apagado, el cuerpo de tango, el acento porteño.

Laura baja el volumen del televisor y va hacia la habitación. La pequeña llora y Juan aún no ha llegado. En la mesita de noche ve las pastillas. Suspira resignada. “Otra vez se las ha dejado. Debe estar siguiendo a alguien por el barrio y se va a olvidar. Maldita obsesión. Menos mal que es inofensiva”, piensa mientras busca el móvil para recordarle que no hay Apiretal.

En las noticias informan de un nuevo crimen. Un Casares sobre el pecho de un individuo, aún sin identificar, en pleno Serrano.

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