Contrariedad

Todo fue pura contrariedad en su vida. Quería ser músico, pero la necesidad económica le obligó a ser tendero. Se resignó entonces a vender violines, pero por falta de compradores, acabó mercadeando con plantas llenas de flores y jaulas vacías. Alto y esbelto por genética, andaba siempre cansado y lúgubre por costumbre. Entre decenas de aromas, él sólo olía a soledad. “¿Y cómo huele la soledad?”, te preguntarás: huele a habitación cerrada y enmohecida durante un invierno húmedo. La misma habitación y el mismo invierno donde lo encontraron muerto con una sonrisa en la cara. La misma sonrisa en la cara, del que sabe que está eligiendo su destino.

Piedad Herrera Garrot

art every where.
Anna Uribe Aïs

Seguimos con la colaboración de Piedad, esta vez en forma de microrrelato.

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A veces, solo a veces

A veces, solo a veces,
se rinde al miedo
que le produce la vida,
y la detiene.
Se esconde sin Ella,
en su caparazón de rutina.
Y ya no llora.
En el “no llanto”
mueren poemas y melodías,
noches de luna azul
y cielo blanco,
de mariposas
violetas y naranjas.
A veces, solo a veces,
entiende que vivir,
no es más
que un camino hacia la muerte,
y si lo continua
lejos de Ella,
la alcanzará antes de tiempo.
Y se rompe entonces
una crisálida,
Y ya sí llora,
y en el “sí llanto”,
nacen versos con tempo,
noches con latidos,
batir de alas.

A veces, solo a veces,
el amor gana.

Piedad Herrera Garrot

primavera
Anna Uribe Aïs

Otra estupenda coincidencia del viaje de bloguero. Esta vez, Piedad, nómada afincada actualmente en Miami. Un placer publicar uno de sus poemas.

Cual humo en el aire

Siempre había estado allí, pequeña y mugrienta, como las manos de la gitana que le dieron la forma.

Esperanza se avergonzaba de la cestica con la que todos los días pedía comida para los que estaban escondidos en el monte con su padre.

Cuando cogieron a su padre, le raparon la cabeza y la obligaron a dar vueltas al pueblo dando vivas a España. Ese día colgó su cestica en un clavo de la chimenea y huyó por el camino que llevaba a la muga de Francia. Su silueta se desvanecía en el alto de la collada.

Carmen Romeo Pemán

because the sky is blue...
Anna Uribe Aïs

En este viaje de bloguero se va coincidiendo con gentes a las que gusta de leer. Una de ellas es Carmen, una maña a la que he tenido el placer de encontrarme en el camino. Un honor publicar uno de sus micros.

Desconsoladas

Cada día, al salir del trabajo, paseo. Entre mi oficina y mi casa hay quince papeleras, ocho semáforos, treinta farolas, dos parques, cuatro farmacias y un tanatorio al que siempre entro a dar pésames a viudas desconsoladas.

Hoy al llegar he visto a mis suegros bajarse de un taxi, a mis padres discutir al lado de la capilla y a los niños correr por los pasillos. Al único que no he conocido era el tipo que consolaba a mi mujer, de riguroso negro.

Girados

Ocurrió hace unos tres meses. Mientras cenaban Laura intentó explicar a Pablo que tenía la sensación de que el mundo iba demasiado rápido. Pablo la miró sin escucharla y dijo que la lavadora centrifugaba al revés, que deberían avisar al técnico. Ella le miró con aquella cara de “joder tío, es que no te enteras de la película”. No volvieron a hablar del tema hasta hoy.

Hoy los informativos de todo el mundo han abierto con la misma noticia. Los satélites han detectado que la Tierra gira al revés. Los científicos prevén que en diez años aparecerán los primeros neandertales.

“Cosa que incomoda o daña”, DRAE

SIMETRIA
Anna Uribe Aïs

Su madre murió en el parto. Helena atravesó la infancia en un espejismo y gastó la juventud en un piso de acogida con siete inadaptados. Anoche ingresó inconsciente.

Al despertar sólo recuerda los ojos azules del médico que la intubó. Mira alrededor y ve la puerta del lavabo entreabierta. En el espejo, el reflejo de su madrastra.

Un beso y una flor

abstrac(te)
Anna Uribe Aïs

-¿Has visto el tocho del Cortázar? La de Literatura no deja de rallar y aún no lo he leído.

-¡Joder tío, yo qué sé! Pregúntale a mamá. ¡Mamá!, mi vestido nuevo ¿dónde está?

-Te he dejado la camisa a los pies de la cama. Nos vamos.

Era sábado por la mañana y en la radio sonaba “me voy pero te juro que mañana volveré”. Tres besos, dos “adiós mamá” y “un hasta luego cariño”. Durante todo el camino no dejé de pensar en lo que me dice cuando está harta de ser la primera que se levanta, la última que apaga las luces y la única de los cuatro capaz de encontrar el Santo Grial: “Un día voy a comprarme un billete en primera de un vuelo que atraviese el océano, para leer un libro tranquilamente”. Llegamos a la agencia de viajes, reservamos vacaciones para cuatro como regalo de su cumpleaños y volvimos a casa para encontrar el botón en mi camisa, el vestido en su armario y el Rayuela al lado de los macarrones.

La casa nunca ha estado tan vacía como aquel sábado sin ella. Sin psicólogo al que preguntar, sin masajista al que llamar, sin amante al que perseguir, sin paraíso donde buscar sólo supimos esperarla.

La policía se presentó a la mañana siguiente. Julia era la pasajera del asiento 2A del vuelo desaparecido en algún lugar indeterminado del Atlántico, entre París y Buenos Aires. Había pedido ventana, sin más equipaje que un buen libro y tres besos con sabor a despedida.