Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa

Lucía siempre fue más Rocafort, Urgell, Universitat. Laura más Poble Sec, Paral.lel, Drassanes, Liceu. En todos aquellos años que vivieron en Barcelona nunca se pusieron de acuerdo para ir de España a Catalunya. Ni para volver.

Dos caminos. Nunca entendió que Laura optara por el camino más largo y que lo argumentara con aquella manía a la que siempre se refirió como un derecho.

A la salida del tanatorio Lucía le agradece el haberse ocupado de todo, hasta del amarillo a la genista. Su padre siempre le tuvo mucho aprecio.

No han dejado de abrazarse durante toda la ceremonia, pero no hay más tiempo. Ha de volver. María Dolores y Soraya no pueden vivir sin ella. Lucía hace tiempo que ejerció su derecho a decidir. De forma unilateral.

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Todo pasa y todo queda

Laura siempre dijo que lo peor de agosto era septiembre. Lucía desapareció un uno del nueve camino del Madrid que a Laura más le dolía; camino de los trece de Génova; camino de los dioses caídos entre Buenos Aires y Tokio; camino de las mentiras disfrazadas; camino de una transición con goteras que supura fascistas; camino cup of café con mala leche; camino de los que al volver la vista atrás nunca verán el cementerio de Colliure; camino del otro lado del olvido; camino de las ausencias fotografiadas; camino del Madrid que más le mataba.

Laura siempre dice que lo peor de septiembre es la soledad. Ha llegado a casa y ha guardado la acreditación de voluntaria de la Vía Catalana junto a la padre utilizó en aquella Barcelona del noventa y dos. Y ha vuelto a sonreír al pensar en la diferencia entre anhelar unas olimpiadas y anhelar la libertad.

Con la paz de las montañas

Lucía dejó los montes y se vino al mar para llenar la piel de promesas, de locuras, de equilibrios, de rabias, de gritos, de silencios, de secretos, de falsedades, de certezas, de faltas de ortografía, de defectos, de manías, de manos frías, de futuro.

El Barrio de Salamanca en plena Festa Major de Gràcia fue toda una vida de puentes aéreos hasta el día que Laura encontró junto al café un beso y la flor. Lucía, esa muchacha típica, olvidó el sabor a hierba de su nombre; confundió el gato con el unicornio y el azul con la esperanza; dejó a Laura con el corazón partío, sin fumar más chinos en Madrid, sin peces de ciudad, sin las cosas que hacen que la vida valga la pena.

Y los días pasaron entre las canciones que cuesta tanto olvidar, que tarareamos como hemos cambiado, que no sabemos cantar si tú no estás, que maldicen que boig per tu no sea una canción de amor que temer a la madrugada, que pasan como los días entre un montón de gente sola.

Y todo para que un día Lucía vea por televisión a Laura a la derecha de Cospedal y confirme la certeza de que no bastaba que la entendiera y que muriera por ella.

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I avui que et puc fer una cançó

Han pasado los años y nunca olvidará cuando llegó con sus misterios, sus sonrisas, sus acordes, sus alegrías, sus azares, sus dioses y sus caricias en cada nota. Ella fue la resurrección y la libertad.

Nunca lo matizaron, nunca lo ocultaron, nunca lo disfrazaron, nunca lo opinaron, nunca lo detuvieron, nunca lo tiraron, nunca lo perdieron, nunca lo escondieron, nunca dejaron de edificar un futuro imperfecto con todas las piedras. Nunca fue cierto que no tuviesen nada de especial.

Laura es lo mejor que le ha pasado. Laura es la que espera en el tanatorio.

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Papá cuéntame otra vez

Lucía se mudó al número siete de calle Melancolía, donde no paran los tranvías, donde nadie pregunta, donde se niega lo que se esconde, donde nunca es primavera, donde nunca la encontraré, donde sólo hay ausencias, donde las niñas ya no quieren ser princesas, donde no hay mar.

Hasta aquel día en que los adoquines se transformaron en baldosas de Gaudí y llegó a la Barcelona donde conocería al amor de su vida, donde recuperaría al que un día fue su padre. Café. Solo. Ni cuentos, ni utopías, ni sueños, ni futuros, ni explicaciones, ni pasados, ni direcciones, ni subjuntivos, ni conjunciones, ni cuentos, ni canciones, ni finales. Ni nada que contar otra vez. Ni tan siquiera un “si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy”.

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Vuela esta canción

Todos los desayunos de domingo padre la despertaba con un beso y un cuento. A cambio, ella se dejaba llenar la adolescencia de música mientras ponían juntos la mesa y esperaban a madre con el olor a café. Sonaban en el tocadiscos canciones entre las que se escondía la historia que acababa de leer y durante toda la mañana hablaban y hablaban de canciones y de historias sin final.

Lucía supo de su nombre el día que cumplió los dieciocho y madre puso la última canción de domingo. Padre hacía un año que había desaparecido tras Aves De Paso.

No volvió a verle hasta aquella mañana que lo encontró en el bar del Majestic sirviendo café para todos.

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Si em dius adéu

Se las tradujo del primer al último acorde entre beso y beso. Y no pararon. Recién llegada de terra endins aprendió cada una de las palabras de aquel concierto del seis de julio de 1985.

Que tinguem sort fue el grito de guerra del equipo del President, la canción de la negociación, las notas que anticiparon todas y cada una de las reuniones que convirtieron a González en ex.

Y acabaron hablando catalán en la intimidad mucho antes que Lucía descubriera que una mayoría absoluta puede servir para tapar las cloacas de la democracia; mucho antes que decidiera borrar las promesas en las que no encontraba todo lo que buscaba; mucho antes de elegir el camino fácil.

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