Sólo serán treinta y un días

Madre lo sabrá el cinco cuando en la peluquería Carmen, que me sigue en Twitter, le informe de que su hijo es el escritor de mes. Va a ser difícil explicárselo cuando hace pocos días le informé del actual estado de desempleo.

Carlos, el del quiosc, me felicitará entre dominicales aunque nunca ha dicho que me lea. Juan, el de la bodega, nos invitará a un vermutillo para celebrarlo y le enviaremos un enlace para compartir. María, la del forn de pa, le dirá a la parienta que desde el primer día ya se veía que faig cara d’escriptor. Pau, el de la peixeteria, propondrá unos berberechos al vapor y unas almejas a la marinera para celebrarlo.

En el Facebook irán cayendo poco a poco los “me gusta” en busca de fotos inexistentes de empleado del mes; en Twitter unas pocas palabras para la posteridad; en YouTube alguna declaración institucional del palo “me llena de profunda satisfacción…”; en Instagram todo el material infiltrado; en Tumblr las ocurrencias de los minimalistas. Por no hablar del rebombori en el WhatsApp. Hasta algún despistado llamará por teléfono.

Octubre acaba, de empezar. Laura desde Barcelona y Lucía desde Madrid sonríen a los de aquí y a los de allá; a los del sur y a los del norte; a los de red social y a los de blog; a los bilingües y a los trilingües; a los de la mayoría absoluta convertidos en silenciosa mayoría y a los de la grandísima minoría olvidada; a los del pelotazo y a los de en pelotas; a los de la Merkel jodiendo y a los PIGS jodidos; a los que se quieren ir y a los que no dejan ni estar; a los de que a la tercera será la vencida y a los que van por vía intravenosa; a los que quieren consultarlo incluso con la almohada y a los que no dejan ni la opción.

A los que faltan, a los amigos, a los del alma, a los despistados, a los pasaba por aquí, a los que comentan, a los que se suscriben, a los de antes, a los de ahora, a los de después, a los de Sabina, a los de Serrat, a los que leen los borradores, a los que ejercen de musa, a los que sonríen, a los que lloran, a los que sueñan que aún es posible, a los que desean que lo sea, a los que me habéis enseñado, de los que he aprendido. A todos, a todas, gracias por leer(me) alguna vez.

Menos a los hijos de la gran puta. Que cada cual, si s’escau, se meta el Rubianes donde le quepa. ¡Gracias Pepe!

Un placer, siempre.

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