I have a dream, too

Dos monedas, un falso nueve. Ella abre el diario y se refleja en el espejo por el que nunca ha pasado un conejo blanco.

Ella pertenece a la generación que cree que el Gran Vals lo compuso un ingeniero de Nokia; que no sabe que Monterroso es el guionista de Jurassic Park; que ha sido expulsada del paraíso para que construyan una estación del AVE; que llega tarde a todas las revoluciones; que se conforma con el vale regalo de las rebajas; que no lee ni los posos del café; que empieza a necesitar un día internacional de la clase media; que utiliza el retrovisor para buscar estatuas de sal; que no encuentra alfombras suficientemente grandes para esconder toda la mierda; que quiere olvidarse de lo que no fue para recordar lo que aún podría ser.

Cierra el diario, se levanta, recoge la ropa y el olor a setiembre le recuerda que el problema no son los sueños por cumplir, son los sueños olvidados en estos últimos cincuenta años.

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Ropa limpia

Dos monedas, una camiseta. Ella abre el diario y recuerda.

Más de cien años después de la masacre de Haymarket nos manifestamos con camisetas revolucionarias fabricadas por mujeres que trabajan en barrios Blangladesh por 40 euros al mes.

Cierra el diario, se levanta, recoge la ropa limpia y sale. Han pasado más de cien años y, sobre todo, hemos deslocalizado la memoria.

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Un año

Dos monedas, trescientos sesenta y cinco días y un blog. Ella abre el diario y encuentra un nuevo mes. Abril le ha dado la vuelta al calendario y el reverso de cada página esconde el borrador de todo lo no escrito, de todos los tachones de lunes a sábado resumidos en domingos de café y canciones, de todas las historias robadas a un libro sin encuadernar, de todos los recuerdos que no dan para unas memorias, de todas las dedicatorias en busca de un beso, de todos los finales no encontrados.

Cierra el diario, se levanta, recoge la ropa y deja que duerma mientras piensa, “¿quién quiere musas estando tú?”

Ropa de primavera en la semana fantástica sine die

Dos monedas, un Bolaño. Ella abre el diario y separa las llamadas telefónicas de los detectives salvajes en la calle Montalegre.

Por los descosidos de la primavera se han colado los deshollinadores del Vaticano preparados para el día de después; los armarios del ministerio del interior con las puertas de par en par para que salgan los salvadores de la humanidad; la vara de mando de Ponferrada para ser el premio del nuevo concurso “tu dimisión no me suena”; los cambios de escolta a pie de puente aéreo.

El viernes al mediodía y ya huele a primavera. Las aceras están llenas de verdades falsas y de ciertas mentiras. Cierra el diario, se levanta, recoge la ropa y piensa que otra primavera es posible.

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Navidades sin fronteras

Dos monedas por un Dickens. Ella abre el diario en busca de un cuento con el deseo de que la Navidad no lo sea; de que siempre haya en quien creer, en quien confiar; de que los fantasmas del pasado, del presente y del futuro no queden atrapados en la cámara acorazada de un banco malo; de que la lista de los deseos no la redacten expertos en encuestas electorales; de que en el reino de los cielos entren los que no tienen salida y salgan los que no dejan entrar; de que las mezquita se llenen de menorás y las sinagoga de minaretes; de que los ejecutados sean recordados y verdugos no los olviden; de que se pueda pasear por las fronteras; de que los cruceros no impidan ver las pateras; de que las sonrisas sigan libres de impuestos; de que los besos endulcen el café.

Ella cierra el diario, se levanta, recoge la ropa y lee el titular de la contraportada. “En el lugar del mundo donde me encuentres cuando me pierda… estarás tú”

Feliz Navidad

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Otoño es sinónimo de balada cuando llueve detrás de los cristales

Dos monedas y los meteorólogos de la política pronostican un otoño caliente. Ella abre el diario y busca en los anuncios por palabras un balcón barato para las golondrinas, que no van a poder irse por falta de presupuesto y han declarado que prefieren quedarse a pasar frío a volar en Ryanair.

Los árboles están mutando a hoja perenne, que no están los tiempos para ir tirando las cosas al suelo. Las cigarras han abandonado la música y están de precario en “Derribos Hormigas y Herederos”. Los despachos de todo el Govern de la Generalitat se están redecorando con muebles del IKEA.

Ella cierra el diario, se levanta, recoge la ropa y piensa que este otoño va a haber más castañas de la cuenta. El dominical ya se acompaña del primer fascículo de “Las Revoluciones” para la próxima temporada primavera-verano. Regalan un café en los alrededores de la Bastilla.

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Septiembre

Con dos monedas ya no llega… Ella abre el diario y descubre que es septiembre, ese espacio de tiempo que viene del latín “sept”, que significa “recuperar el tiempo perdido”; y del griego “iembre”, que significa “lista de buenos propósitos”.

Se acerca a la cocina y debajo de todos los adioses, los regímenes incumplidos, las fotografías por enmarcar, los tíquets de supermercado, los imanes de nevera, las ofertas caducadas, los teléfonos desconocidos, los horarios tardíos, los menús sin cocinar, los arreglos por arreglar, debajo de todos los besos desdibujados y los buenos días princesa, rescata la lista de todas las promesas realizadas delante de los espejos y detrás de los agostos.

Quitarle el amarillo a las diez por quince encontradas en cajas de zapatos, aprender las letras de las canciones dedicadas y por dedicar, sonreír a las sonrisas que nos sonrieron, volver a pasear por los lugares donde nos conocimos, olvidar los lugares donde nos separamos, besarnos por los escondites donde coincidimos, cerrar las heridas a las que nunca pusimos tiritas, abrir las pandoras de los secretos, bailar los boleros de nuestras vidas, despejar las dudas del contigo sin mi, zurcir los pespuntes descosidos, recoger los pedazos de los platos rotos, enderezar los renglones torcidos de las rimas sin musas.

Ella cierra el diario, se levanta, recoge la ropa y añade a la lista, ahora que otra vez es septiembre, los buenos propósitos de recordar a Amanda y defender la alegría.

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