Ella…

Ella llora con Serrat, lee a Sabina, se reconcilia con Vicent, sueña con Millás, se enamora en Casablanca, huye con Thelma y Louise, ojea El País, hojea La Vanguardia, enmudece con Kandinsky, vuela sin billete de vuelta, recicla versos, llega siempre tarde, no devuelve las llamadas, salta sin red, escribe sin pauta, nada a contracorriente, odia los manuales, respira en las comas, deja salir, regala sonrisas, se va de casa por Navidad, cena de microondas, lava a treinta grados, desayuna sin diamantes, duerme sola, ordena los bisiestos, tuitea a 140 por minuto, instagrama sin filtros, camina sin volver la vista atrás, cocina sin sal, cuenta sin dedos, apuesta sin pedir, guitarrea sin acordes, pasea descalza, ama sin papeles, vuelve sin irse, regala sin pedir, pasea sin paraguas, besa sin Judas.

Y siempre, siempre, siempre, defiende la alegría.

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El verano del 68

Ella ya estaba embarazada y él aún no lo sabía. Madre y padre describían y retrataban la única primavera iniciada en enero, mucho antes de que los tanques ahogasen los sueños de libertad en las orillas del Puente de Carlos. El mismo puente en el que madre y padre se declararon amor eterno la Noche de Reyes de 1968. Ella volvió a casa. Él siguió con su cámara de fotos: desde las calles bombardeadas de Saigón; desde el balcón del Lorraine Motel de Memphis; desde La Sorbona; desde el Salón de los Embajadores del Hotel Ambassador de Los Ángeles; desde Praga el día que nací.

Hoy, 21 de agosto, hemos ingresado en la maternidad. Los adoquines de mayo han vuelto a tapar la arena de un planeta lleno de simios visible desde una estación espacial que se mueve al ritmo del Danubio Azul. En todas las emisoras de radio suena “Hey Jude”. Ha llegado el momento. La comadrona atiende por señora Rosemary.

Padre llegará una semana después de mi nacimiento. Nunca volveré a ver a madre tan feliz. Nunca volveré a ver a padre. La última fotografía que recibiremos será de la plaza de Tlatelolco.

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Calle melancolía

Una vez conocido el resultado de las encuestas electorales, el candidato ha salido a la calle en busca de respuestas. Aún no ha regresado.

Fuentes bien informadas han confirmado que a primera hora de la mañana se le ha visto deambular por los alrededores del Parlamento. Ha estado hablando con diversas personas que aún no han sido expulsadas por la policía y estaban dando vueltas al edificio de Las Cortes.

El candidato ha ofrecido una rueda de prensa informal ante los periodistas que desayunaban en un bar cercano. Ha valorado muy positivamente la marcha de la campaña, pero no ha realizado ninguna valoración sobre la intención de voto reflejada en las encuestas. “Estaba muy nervioso y se ha marchado de forma precipitada, sin acabarse las porras con chocolate”, ha declarado el camarero.

A partir de ese momento se le ha perdido la pista. Su jefe de prensa ha dado la voz de alerta al informar que no se ha presentado al acto electoral previsto para las 12:00 horas en el Gran Teatro de las Promesas Incumplidas.

Efectivos de las fuerzas del orden público están intentando localizar su señal de móvil sin ningún resultado. Se ha preguntado a niños de la zona si han visto a un señor con corbata repartiendo besos. Perros especialistas en localización de demagogia están rastreando la zona.

En estos momentos se desconoce si la junta electoral va a suspender la emisión especial de La Noria o va a decidir mantener el Gran Debate con el resto de los candidatos. Quedan apenas 48 horas para la apertura de los colegios electorales de las elecciones más ajustadas de la historia que han de decidir la presidencia de la comunidad de propietarios del número siete de la calle Melancolía.

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Ni el tiempo, ni la ausencia

Este cuento esconde un libro… puedes dejar tu solución a la adivinanza en los comentarios. Gracias, Dídac

Hace tanto tiempo que no recuerdo el desierto donde nos separamos. Ha sido esta tarde, durante la caza y captura de unos papeles traspapelados, que he tropezado con aquel primer libro nunca devuelto.

Hay libros prohibidos, en blanco, nunca escritos, siempre leídos, primeras ediciones, incunables, de estilo, quemados, por descubrir, plagiados… Incluso hay libros que son como aquellas pequeñas cosas de Serrat.

Y éste, olvidado en los márgenes del tiempo, lo es. Entre sus páginas está el primer fotomatón, los pétalos marchitos, las dos butacas de sesión continua, el carmín desaprovechado en un pañuelo, la rima sin poesía, los acordes, el mapa del tesoro, la ida sin vuelta, la fecha sin calendario, la dedicatoria manuscrita, el primer adiós codificado y el último recuerdo.

Han vuelto por una tarde todos: el rey, que ahora tiene una nuera republicana; el borracho, que ha abierto un bar al lado de alcohólicos anónimos; el vanidoso, que se gana la vida escribiendo libros de autoayuda; el hombre de negocios, que trabajaba en Bankia; el farolero, que ha montado una empresa de mapas para Apple; y el geógrafo, que tiene una rara enfermedad que le erosiona la piel.

He vuelto por una tarde a los tiempos en que domesticaba zorros, cuidaba rosas, desatascaba volcanes y desarrelaba baobabs. He vuelto a la certeza de que nunca hay que besar ranas, no sea que te aparezca un príncipe azul.

Rogamos disculpen la interrupción (micro relato)

Llegó pronto a casa para prepararlo todo. Era la primera vez que su equipo jugaba una final. Unas cervezas, un pica pica y la cuna de su hijo para ver juntos un partido por primera vez. La esperada, soñada y anhelada gran final. Pitido inicial. Sonó el silbato y la pantalla se quedó en negro.

Fueron los noventa peores minutos de su vida. En la televisión no se visionaba ningún tipo de señal y la radio no emitía ningún tipo de sonido. Fue imposible seguir el partido. Desilusionado, arropó a su hijo en el mismo instante en que volvió la señal.

En todos los canales estaba fijo el escudo de su equipo. En todas las emisoras se escuchaba el himno de su afición. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¡Campeones, campeones, oe, oe, oe!

Al cabo de unos minutos empezó a sospechar. El escudo y el himno seguían fijos. Ningún resumen, ninguna entrevista, ninguna moviola, ninguna conexión, ningún gol.

Toda la prensa internacional se hizo eco del acontecimiento. Aquel fue el primer intento de golpe de estado perpetrado por un presidente de fútbol en todo el mundo. Gracias al rápido contraataque de los demócratas y al cuatro tres cuatro de la sociedad civil, fracasó. La tanda de penaltis pasó a ser un trozo de la historia.

Rogamos disculpen la interrupción (relato corto)

Ha llegado pronto. Le pone nervioso dejarlo todo para el último momento. Patatas sin sal, cerveza sin alcohol y las pastillas obligatorias para una gran noche. Hace mucho tiempo que no ven un partido juntos. Es la final del campeonato y su padre se lo agradece. Todo a punto para el pitido inicial. Suena el silbato y la pantalla se queda en negro.

Llegó pronto a casa para prepararlo todo. Era la primera vez que su equipo llegaba a la gran final. Unas cervezas, un pica pica y la cuna de su hijo al lado para ver juntos un partido por primera vez. La esperada gran final, tantas veces soñada. Pitido inicial. Sonó el silbato y la pantalla se quedó en negro.

Fueron los noventa peores minutos de su vida. En la televisión no se visionaba ningún tipo de señal y la radio no emitía ningún tipo de sonidos. Fue imposible seguir el partido. Desilusionado, arropó a su hijo y, al acercarse a apagar el televisor, volvió la señal.

En todos los canales estaba fijo el escudo de su equipo. En todas las emisoras se escuchaba el himno de su afición. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¡Campeones, campeones, oe, oe, oe!
Al cabo de unos minutos empezó a sospechar. El escudo y el himno seguían fijos. Ningún resumen, ninguna entrevista, ninguna moviola, ninguna conexión, ningún gol.

Aquel fue el primer intento de golpe de estado perpetrado por un presidente de fútbol en todo el mundo. Gracias al rápido contraataque de los demócratas y al cuatro tres cuatro de la sociedad civil, fracasó.

Han pasado veinte años para volver a una final. Han bastado treinta segundos de fallo en la señal del TDT para ver llorar a su padre por primera vez. Están dominando. Quedan cinco minutos de prórroga para alcanzar, por fin, la gloria.

Su sonrisa en otros labios

Hoy es su primer día y está nerviosa. Sabe que ha acertado con la sombra de ojos, que las pestañas tienen el tamaño perfecto y que los pómulos refuerzan la expresión de forma correcta. La ocasión lo merece y no quiere defraudar.

Pero duda con el color de los labios. Vuelve a tararear aquella canción y se decide por el rojo carmín.

Con la seguridad de que el rímel no va a correrse, recoge los utensilios de maquillar, apaga las luces y sigue tarareando la canción de Mecano mientras cierra el ataúd.

Hoy es su primer día de trabajo en el tanatorio y ya ha dibujado su sonrisa en otros labios.

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