I have a dream, too

Dos monedas, un falso nueve. Ella abre el diario y se refleja en el espejo por el que nunca ha pasado un conejo blanco.

Ella pertenece a la generación que cree que el Gran Vals lo compuso un ingeniero de Nokia; que no sabe que Monterroso es el guionista de Jurassic Park; que ha sido expulsada del paraíso para que construyan una estación del AVE; que llega tarde a todas las revoluciones; que se conforma con el vale regalo de las rebajas; que no lee ni los posos del café; que empieza a necesitar un día internacional de la clase media; que utiliza el retrovisor para buscar estatuas de sal; que no encuentra alfombras suficientemente grandes para esconder toda la mierda; que quiere olvidarse de lo que no fue para recordar lo que aún podría ser.

Cierra el diario, se levanta, recoge la ropa y el olor a setiembre le recuerda que el problema no son los sueños por cumplir, son los sueños olvidados en estos últimos cincuenta años.

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Con la paz de las montañas

Lucía dejó los montes y se vino al mar para llenar la piel de promesas, de locuras, de equilibrios, de rabias, de gritos, de silencios, de secretos, de falsedades, de certezas, de faltas de ortografía, de defectos, de manías, de manos frías, de futuro.

El Barrio de Salamanca en plena Festa Major de Gràcia fue toda una vida de puentes aéreos hasta el día que Laura encontró junto al café un beso y la flor. Lucía, esa muchacha típica, olvidó el sabor a hierba de su nombre; confundió el gato con el unicornio y el azul con la esperanza; dejó a Laura con el corazón partío, sin fumar más chinos en Madrid, sin peces de ciudad, sin las cosas que hacen que la vida valga la pena.

Y los días pasaron entre las canciones que cuesta tanto olvidar, que tarareamos como hemos cambiado, que no sabemos cantar si tú no estás, que maldicen que boig per tu no sea una canción de amor que temer a la madrugada, que pasan como los días entre un montón de gente sola.

Y todo para que un día Lucía vea por televisión a Laura a la derecha de Cospedal y confirme la certeza de que no bastaba que la entendiera y que muriera por ella.

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Cuando el único muro en el que lamentarse es el de Facebook sube el peaje de los paraísos

Ella debería estar camino de algún paraíso terrenal en lugar de navegar por la papelera de reciclaje al rescate de una historia en la que reescribir lo mal que se ha puesto el acceso al paraíso celestial, ahora que han entregado las llaves de la torre de control a los del paraíso fiscal.

Es agosto y los manuales de las rebajas indican que sólo se devuelve el dinero si se mantiene el precinto original. Y están todos abiertos. Todas y cada una de la metáforas de la literatura universal han sido reventadas por la crudeza de la realidad. Mientras tanto seguimos quitándole el celofán a la ilusión de que siempre nos quedará París, ese lugar del mundo donde enamorarse mientras se derrumban los paraísos perdidos.

Es viernes al mediodía y ella sale de una de las tiendas en Campos Elíseos. Sonríe al descubrir que los adoquines de las playas del barrio latino tienen fecha de consumo preferente.

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Ropa delicada

Dos monedas, zona azul. Ella abre el diario y separa las mentiras de las verdades. Hace mucho tiempo que sólo compra ropa blanca en busca de un alto el fuego, de un armisticio, de un tratado de paz… de un juez de guardia.

Las ilusiones de toda la vida en preferentes al siete por ciento y ahora los sueños han salido al rescate. De viernes por la tarde a domingo por la noche ha puesto en alquiler sus sueños y ofrece subordinadas, subjuntivas y condicionales a un módico precio. Tarifa plana para insomnes crónicos.

Pero en estos tiempos que corren hasta las musas de urgencias están en fase de recortes. El fin de semana es un mal momento para figuras retóricas (que lo aprovechan para sacar un sobresueldo como figuras estáticas en el circo de la geometría variable).

Cierra el diario, se levanta, recoge la ropa y sonríe al ver que alguien ha recortado su número del anuncio que dejó la semana pasada en la lavandería. Es viernes al mediodía y suena el teléfono.

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Ropa sucia

Dos monedas, una hora. Ella abre el diario y se sienta en un banco de la lavandería. Separa los recuerdos, los sueños y los deseos: a un lado, los grises; al otro, los de color. La colada de su vida centrifugada entre canciones amarillas, fotos escondidas y notas al margen.

Hace tanto tiempo que no escribe que ni tan siquiera comete faltas de ortografía. Lo dejó como quien deja de fumar, porque le dolía el corazón en cada letra. Y las musas la abandonaron como se abandona un amor, sin misericordia. Había escrito todas las canciones de amor del mundo y ahora la orquesta del Titanic tocaba la banda sonora de su vida.

Cierra el diario, se levanta, recoge la ropa  y el olor a niñez le recuerda que lo malo de los sueños no es que no se cumplan, es que desaparecen cuando se hacen realidad.

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