Vaciar la papelera sin programa de reciclaje

En algún momento de nuestra vida ella decide leer únicamente lo que le dicta su corazón. Es en ese instante en el que ella vacía la papelera de reciclaje cuando nos damos de bruces con las reseñas de crítica literaria robadas cada lunes a los dominicales de su vida. Ella trabaja en el servicio de recogida de basuras y es lectora de todo lo que encuentra en nuestras papeleras.

En algún momento de su vida le vaciamos la papelera con el botón derecho con la misma facilidad que llenamos las urnas con mayorías de cero absoluto, con rescates (im)pedidos, con verdades no demostradas, con mentiras escondidas, con dogmas empíricos, con ministros sin consejo, con bonos basura, con preferentes preferidas, con acciones sin cotizar, con finales felices, con principios inquebrantables, con oportunidades perdidas, con ajustes impuestos, con impuestos expoliados, con expolios históricos. Con el olvido de la historia repetida. Con la literatura soñada y nunca escrita. Y jamás leída.

En algún momento de su vida decide escribir lo que le dicta su corazón, independientemente de los muertos sin epitafio, de las sepulturas sin autopsia, de la memoria sin olvido, de los mares sin sur, de las esperas sin tabaco, de los Terneci sin Montabán, de los Planetas sin Cervantes, de los Nadal sin café Gijón, de las bicicletas sin verano, de los mañana sin hoy, de los hoy sin ayer, de los ayer sin futuro, de los futuros sin interés, de los conciertos sin teloneros, de la calma sin chicha, de relojes sin arena, de las penas sin pan, de la roja sin blaugranas, de los molinos sin viento, del agua sin gas, de los globos sin sonda, de los puñales sin espalda, de los hospitales sin payasos, de los circos sin médicos, de los ratones sin hilos, de las putas sin hijos, de las impresoras sin tinta, de los peces sin colores, de las ecografías sin sonrisas, de los sujetos sin predicado, de las idas sin vuelta, de los borrachos sin farola, de las cajas sin fondos, de los himnos sin letra, de los mástiles sin bandera, del bíter sin alcohol, de los culpables sin condena, de los inocentes sin dinero, de los patíbulos sin clausurar, de las certezas sin duda, de las coartadas sin piedad.

Independientemente de los Sabina sin Serrat, de las faltas sin ortografía, de los bolsillos sin dos monedas, de los viernes sin mediodía, de los cuentos sin final.

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