Con la paz de las montañas

Lucía dejó los montes y se vino al mar para llenar la piel de promesas, de locuras, de equilibrios, de rabias, de gritos, de silencios, de secretos, de falsedades, de certezas, de faltas de ortografía, de defectos, de manías, de manos frías, de futuro.

El Barrio de Salamanca en plena Festa Major de Gràcia fue toda una vida de puentes aéreos hasta el día que Laura encontró junto al café un beso y la flor. Lucía, esa muchacha típica, olvidó el sabor a hierba de su nombre; confundió el gato con el unicornio y el azul con la esperanza; dejó a Laura con el corazón partío, sin fumar más chinos en Madrid, sin peces de ciudad, sin las cosas que hacen que la vida valga la pena.

Y los días pasaron entre las canciones que cuesta tanto olvidar, que tarareamos como hemos cambiado, que no sabemos cantar si tú no estás, que maldicen que boig per tu no sea una canción de amor que temer a la madrugada, que pasan como los días entre un montón de gente sola.

Y todo para que un día Lucía vea por televisión a Laura a la derecha de Cospedal y confirme la certeza de que no bastaba que la entendiera y que muriera por ella.

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I avui que et puc fer una cançó

Han pasado los años y nunca olvidará cuando llegó con sus misterios, sus sonrisas, sus acordes, sus alegrías, sus azares, sus dioses y sus caricias en cada nota. Ella fue la resurrección y la libertad.

Nunca lo matizaron, nunca lo ocultaron, nunca lo disfrazaron, nunca lo opinaron, nunca lo detuvieron, nunca lo tiraron, nunca lo perdieron, nunca lo escondieron, nunca dejaron de edificar un futuro imperfecto con todas las piedras. Nunca fue cierto que no tuviesen nada de especial.

Laura es lo mejor que le ha pasado. Laura es la que espera en el tanatorio.

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Su sonrisa en otros labios

Hoy es su primer día y está nerviosa. Sabe que ha acertado con la sombra de ojos, que las pestañas tienen el tamaño perfecto y que los pómulos refuerzan la expresión de forma correcta. La ocasión lo merece y no quiere defraudar.

Pero duda con el color de los labios. Vuelve a tararear aquella canción y se decide por el rojo carmín.

Con la seguridad de que el rímel no va a correrse, recoge los utensilios de maquillar, apaga las luces y sigue tarareando la canción de Mecano mientras cierra el ataúd.

Hoy es su primer día de trabajo en el tanatorio y ya ha dibujado su sonrisa en otros labios.

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