Un beso y una flor

abstrac(te)
Anna Uribe Aïs

-¿Has visto el tocho del Cortázar? La de Literatura no deja de rallar y aún no lo he leído.

-¡Joder tío, yo qué sé! Pregúntale a mamá. ¡Mamá!, mi vestido nuevo ¿dónde está?

-Te he dejado la camisa a los pies de la cama. Nos vamos.

Era sábado por la mañana y en la radio sonaba “me voy pero te juro que mañana volveré”. Tres besos, dos “adiós mamá” y “un hasta luego cariño”. Durante todo el camino no dejé de pensar en lo que me dice cuando está harta de ser la primera que se levanta, la última que apaga las luces y la única de los cuatro capaz de encontrar el Santo Grial: “Un día voy a comprarme un billete en primera de un vuelo que atraviese el océano, para leer un libro tranquilamente”. Llegamos a la agencia de viajes, reservamos vacaciones para cuatro como regalo de su cumpleaños y volvimos a casa para encontrar el botón en mi camisa, el vestido en su armario y el Rayuela al lado de los macarrones.

La casa nunca ha estado tan vacía como aquel sábado sin ella. Sin psicólogo al que preguntar, sin masajista al que llamar, sin amante al que perseguir, sin paraíso donde buscar sólo supimos esperarla.

La policía se presentó a la mañana siguiente. Julia era la pasajera del asiento 2A del vuelo desaparecido en algún lugar indeterminado del Atlántico, entre París y Buenos Aires. Había pedido ventana, sin más equipaje que un buen libro y tres besos con sabor a despedida.

Con la paz de las montañas

Lucía dejó los montes y se vino al mar para llenar la piel de promesas, de locuras, de equilibrios, de rabias, de gritos, de silencios, de secretos, de falsedades, de certezas, de faltas de ortografía, de defectos, de manías, de manos frías, de futuro.

El Barrio de Salamanca en plena Festa Major de Gràcia fue toda una vida de puentes aéreos hasta el día que Laura encontró junto al café un beso y la flor. Lucía, esa muchacha típica, olvidó el sabor a hierba de su nombre; confundió el gato con el unicornio y el azul con la esperanza; dejó a Laura con el corazón partío, sin fumar más chinos en Madrid, sin peces de ciudad, sin las cosas que hacen que la vida valga la pena.

Y los días pasaron entre las canciones que cuesta tanto olvidar, que tarareamos como hemos cambiado, que no sabemos cantar si tú no estás, que maldicen que boig per tu no sea una canción de amor que temer a la madrugada, que pasan como los días entre un montón de gente sola.

Y todo para que un día Lucía vea por televisión a Laura a la derecha de Cospedal y confirme la certeza de que no bastaba que la entendiera y que muriera por ella.

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