Estaba tomando cañas

Llega sola. Un abrazo sin palabras basta para testificar que veinte años no son nada. Inseparables desde la guardería hasta el aula donde hicieron el examen de selectividad se han reencontrado en la sala número cinco del tanatorio. Padre para una y amante para la otra, ha muerto.

La ceremonia empieza puntual. El silencio, por supuesto, sepulcral. Un leve murmullo se oye cuando de detrás del ataúd aparece una pantalla sobre la que se puede ver leer proyectado un hashtag. Primero la familia, después los amigos, por último los compañeros de trabajo. Ciento cuarenta caracteres para despedirse a veces son una eternidad.

A la salida un beso que cicatriza los últimos veinte años. Camino de casa el anuncio de una funeraria patrocinado por una compañía telefónica le sorprende. Suena la alerta de un tuit. Palidece.

LivesOn

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