Con la paz de las montañas

Lucía dejó los montes y se vino al mar para llenar la piel de promesas, de locuras, de equilibrios, de rabias, de gritos, de silencios, de secretos, de falsedades, de certezas, de faltas de ortografía, de defectos, de manías, de manos frías, de futuro.

El Barrio de Salamanca en plena Festa Major de Gràcia fue toda una vida de puentes aéreos hasta el día que Laura encontró junto al café un beso y la flor. Lucía, esa muchacha típica, olvidó el sabor a hierba de su nombre; confundió el gato con el unicornio y el azul con la esperanza; dejó a Laura con el corazón partío, sin fumar más chinos en Madrid, sin peces de ciudad, sin las cosas que hacen que la vida valga la pena.

Y los días pasaron entre las canciones que cuesta tanto olvidar, que tarareamos como hemos cambiado, que no sabemos cantar si tú no estás, que maldicen que boig per tu no sea una canción de amor que temer a la madrugada, que pasan como los días entre un montón de gente sola.

Y todo para que un día Lucía vea por televisión a Laura a la derecha de Cospedal y confirme la certeza de que no bastaba que la entendiera y que muriera por ella.

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Septiembre

Con dos monedas ya no llega… Ella abre el diario y descubre que es septiembre, ese espacio de tiempo que viene del latín “sept”, que significa “recuperar el tiempo perdido”; y del griego “iembre”, que significa “lista de buenos propósitos”.

Se acerca a la cocina y debajo de todos los adioses, los regímenes incumplidos, las fotografías por enmarcar, los tíquets de supermercado, los imanes de nevera, las ofertas caducadas, los teléfonos desconocidos, los horarios tardíos, los menús sin cocinar, los arreglos por arreglar, debajo de todos los besos desdibujados y los buenos días princesa, rescata la lista de todas las promesas realizadas delante de los espejos y detrás de los agostos.

Quitarle el amarillo a las diez por quince encontradas en cajas de zapatos, aprender las letras de las canciones dedicadas y por dedicar, sonreír a las sonrisas que nos sonrieron, volver a pasear por los lugares donde nos conocimos, olvidar los lugares donde nos separamos, besarnos por los escondites donde coincidimos, cerrar las heridas a las que nunca pusimos tiritas, abrir las pandoras de los secretos, bailar los boleros de nuestras vidas, despejar las dudas del contigo sin mi, zurcir los pespuntes descosidos, recoger los pedazos de los platos rotos, enderezar los renglones torcidos de las rimas sin musas.

Ella cierra el diario, se levanta, recoge la ropa y añade a la lista, ahora que otra vez es septiembre, los buenos propósitos de recordar a Amanda y defender la alegría.

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