Con la paz de las montañas

Lucía dejó los montes y se vino al mar para llenar la piel de promesas, de locuras, de equilibrios, de rabias, de gritos, de silencios, de secretos, de falsedades, de certezas, de faltas de ortografía, de defectos, de manías, de manos frías, de futuro.

El Barrio de Salamanca en plena Festa Major de Gràcia fue toda una vida de puentes aéreos hasta el día que Laura encontró junto al café un beso y la flor. Lucía, esa muchacha típica, olvidó el sabor a hierba de su nombre; confundió el gato con el unicornio y el azul con la esperanza; dejó a Laura con el corazón partío, sin fumar más chinos en Madrid, sin peces de ciudad, sin las cosas que hacen que la vida valga la pena.

Y los días pasaron entre las canciones que cuesta tanto olvidar, que tarareamos como hemos cambiado, que no sabemos cantar si tú no estás, que maldicen que boig per tu no sea una canción de amor que temer a la madrugada, que pasan como los días entre un montón de gente sola.

Y todo para que un día Lucía vea por televisión a Laura a la derecha de Cospedal y confirme la certeza de que no bastaba que la entendiera y que muriera por ella.

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Abono mensual

Cada día a la misma hora, en el mismo vagón, sube al mismo horario de los lunes que no son fin de semana, de los martes que pretenden independizarse del calendario, de los miércoles que nunca volverán a ser el día del espectador, de los jueves sin paella y de los viernes que últimamente se parecen demasiado a los lunes. Ella está abonada a la rutina de los vagones compartidos de cada día.

Cada día a la misma hora, el mismo porta bocadillos del alumno que desayuna antes de entrar en clase. Ella imagina que va a un colegio de especiales, que su madre todavía no sabe que no le gusta el queso, que los jueves está más feliz porque coincide con ella en el andén de vuelta, que su sonrisa es el mejor antídoto contra la desesperación.

Cada día a la misma hora, la misma forma de empezar el día, por la contraportada. Ella imagina que pasa las páginas sin conocer el pasado y sin intuir el futuro, que los deportes y la economía le importan más o menos lo mismo, que prefiere las “cartas al director” a las editoriales, que los domingos no hay trenes a los que subirse pero sí que hay quiosquera a la que dar los buenos días, que los suplementos le agobian.

Cada día a la misma hora, la misma llamada. Ella imagina un “te quiero” antes de la última parada, una agenda que guarde entre todos el número que la enamoró, un satélite que localiza cada segundo el gps de sus remites, un recuerdo de cuando aún no habían móviles y la llamaba desde la cabina de la esquina.

Cada día a la misma hora, el mismo mensaje. Ella imagina las excusas infinitas de un “llego tarde”, el precipicio de las mentiras, la lista de las verdades que nunca fueron, los mensajes no leídos por el cansancio de siempre lo mismo, la tarifa plana del mañana será diferente.

Cada día a la misma hora, el mismo sueño de viajar al paraíso sin billete de vuelta. Ella imagina todos los catálogos de dos por uno, los paraísos perdidos, los rincones encontrados, las camas solitarias, los billetes compartidos, los adioses definitivos, los encuentros fortuitos, las estaciones cerradas.

Cada día a la misma hora, la misma dos horizontal de cinco letras que nunca recuerda. Ella imagina todas las palabras escondidas en el diccionario que nunca escribirá, los sinónimos que dicen lo contrario, las metáforas incomprendidas, las hipérboles sin exagerar, los sueños no descubiertos en cada crucigrama inacabado.

Cada día a la misma hora, la misma sonrisa del abuelo que le guarda la cartera a su nieto mientras desayuna. Ella imagina que la abuela recoge los trastos de la cocina, que el abuelo espera paciente, que nunca hablan de su madre, que su madre nunca habló de su padre, que su padre nunca habló.

Cada día a la misma hora, la misma forma de poner el punto del libro de la lectora silenciosa. Ella imagina la historia entre cada punto y aparte, y seguido, y dos puntos, y suspensivos, de sutura, de punto de cruz, sobre las íes, hasta llegar al punto y final.

Cada día a la misma hora, los mismos apuntes. Ella imagina al estudiante que repasa apuntes de los sueños de sus padres que no pudieron ser universitarios, que siempre trabajaron para este día en que su hijo empezase la universidad, en todas las renuncias, en todos los sueños traspasados.

Cada día a la misma hora, las mismas señales horarias de las noticias de las ocho. Ella recuerda a sus padres pegados a la radio cada mañana, cada tarde, cada noche, cada golpe de estado, cada final de fútbol, cada carta a Helena Francis, cada novela radiada, cada día ante aquel aparato de galena desaparecido un día.

Cada día a la misma hora, en el mismo vagón, la mirada de todos los viajeros desconocidos. Ella está abonada a la rutina de inventar la historia sin nombre propio y sin apellidos heredados de todas sus vidas desde el origen de lo desconocido al destino de lo adivinado.

Pero hoy, sin saber por qué, en el preciso instante que ha subido al tren ha recordado todos y cada uno de aquellos trenes desaparecidos de la memoria de su propia vida. La primera vez que subió a un tren, de la mano de su madre camino de la huída de su padre. La primera vez que la esperaron en una estación sin horarios con un ramo de flores y una promesa. La única vez que la despidieron con un billete sin vuelta en un andén desierto. Todas las veces que se enamoró de los amores imposibles que siempre bajaban una estación antes de la suya. La última estación abandonada y el primer abandono en una estación.Y hoy, pegada la mirada al exterior, descubre que ella no es más que otra historia imaginada en un tren del que tienen abono mensual.

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