El final de cuento

Este blog, que pasa a llamarse “El final de cuento”, es la primera versión de “Cuentos sin final”. Aquí quedan las entradas escritas desde aquel 5 de abril de 2012 en que recogimos la “Ropa sucia” hasta el 23 de julio del 2014 en que declaramos nuestro “Amor de mare”.

Solo queda agradecer al personal la atención prestada e invitarlo visitar y, si gusta, hacerse seguidor de la nueva versión de “Cuentos sin final”, que mantiene la dirección pero se traslada de casa.

Nos vemos en www.cuentossinfinal.com

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¡Ni me repliques!

Nuestros mismos ojos, nariz o boca. Cualquier característica humana podía ser copiada en aquella nueva serie de androides. Eran perfectos y Pablo decidió regalarle una “María Replicante” a María por su trigésimo aniversario.

La temporada de gripe fue la gran prueba de fuego. El androide substituyó a María sin levantar sospecha alguna entre los compañeros de trabajo y conocidos.

Ahora Maria está relajadadísima. El androide realiza todas y cada una de sus obligaciones y ella disfruta de los placeres de la vida.

Mañana lo llevarán a revisar, el otro día se quedó sin batería mientras hacía el amor con Pablo.

Vuela esta canción

Todos los desayunos de domingo padre la despertaba con un beso y un cuento. A cambio, ella se dejaba llenar la adolescencia de música mientras ponían juntos la mesa y esperaban a madre con el olor a café. Sonaban en el tocadiscos canciones entre las que se escondía la historia que acababa de leer y durante toda la mañana hablaban y hablaban de canciones y de historias sin final.

Lucía supo de su nombre el día que cumplió los dieciocho y madre puso la última canción de domingo. Padre hacía un año que había desaparecido tras Aves De Paso.

No volvió a verle hasta aquella mañana que lo encontró en el bar del Majestic sirviendo café para todos.

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Yo no quiero

En el mismo instante que los decoradores del barrio de Salamanca tomaban medidas para cambiar las cortinas de Moncloa por las del Majestic, Lucía oyó la canción que siempre le ha recordado que nunca ha sido cierto que sólo sabe lo que quiere cuando lo pierde.

Contigo es la banda sonora de su vida. Los acordes de las lágrimas de su madre a la vuelta del mercado y la huida de aquel amor tan civilizado; los muchos febreros sin catorce y los pocos abriles con veinte y tres; las velas sin pastel y los bisiestos sin febrero; las maletas perdidas para no volver y las mudanzas con las manos en los bolsillos; los brindis sin sol y los lunes sin domingo; los finales de mes sin nadie más y las manzanas podridas a la puerta del paraíso; los zurcidos en las cicatrices y las ciudades perdidas; los paseos desde Luna Park a San Telmo y los últimos besos a la puerta del juzgado; los tiempos pasados en balde y las explicaciones innecesarias.

Aterrizar y coche de alquiler. Se seca las lágrimas en el retrovisor y recuerda las veces que ha resucitado de los amores que matan. En el mismo instante que arranca suena en la radio la melodía de su vida entera.

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Un año

Dos monedas, trescientos sesenta y cinco días y un blog. Ella abre el diario y encuentra un nuevo mes. Abril le ha dado la vuelta al calendario y el reverso de cada página esconde el borrador de todo lo no escrito, de todos los tachones de lunes a sábado resumidos en domingos de café y canciones, de todas las historias robadas a un libro sin encuadernar, de todos los recuerdos que no dan para unas memorias, de todas las dedicatorias en busca de un beso, de todos los finales no encontrados.

Cierra el diario, se levanta, recoge la ropa y deja que duerma mientras piensa, “¿quién quiere musas estando tú?”

Janina

Tenían razón los que decían que no volvería. Hija de Zeus y Mnemósine cambia de poeta en cada rosa y en cada mudanza recuerda los pétalos marchitos de lo que pudo ser y no fue.

Ya no se levanta a las seis. Se ha aburguesado y ha dejado el andén de la estación por el embarque preferente de la sala VIP de dos pájaros al contraataque. Ya sólo sale del Monte del Olimpo para los bises del Luna Park.

Pero hay noches que recuerda los acordes de las canciones olvidadas y sonríe al pensar que nunca más ha vuelto a tener la piel tatuada con el sabor a musa de verano tirada en el sofá.

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Sobres sin remite

Empieza la Cuaresma, ella mira por la ventanilla del avión y ve un asteroide que le roza el alma. Aterriza con el tiempo justo procedente de Uruk, donde la Unión Europa acaba de gastar miles de millones en tratar de reinventar la rueda entre el Eufrates y el Tigris.

Trabaja en la Comisión Europea de Fontanería desde que suspendió las oposiciones al cuerpo diplomático aquella vez que confundió Génova con un cantón suizo. Aquella tarde perdió la oportunidad de pertenecer a lo que sería la generación perdida de los planes de desarrollo para la privatización de los pantanos y se dejo seducir por un toro camino de Creta y se fugó a Europa.

El taxi la deja a las puertas de la biblioteca del parlamento que aún no han cerrado por falta de presupuesto. Es viernes al mediodía y empieza a llover minutos antes de la presentación del libro. Al fondo de la sala la fotografía de Tarradellas en el balcón cubre toda la pared. Asisten todos los herederos de la crónica sentimental de la transición. Presenta una ex-espía reconvertida en periodista, escribe un escritor reconvertido en político. La lluvia insiste y en la esquina derecha del escenario descubre su próximo cadáver. Han reventado las cloacas de la política y están el peligro de extinción todos los cargos de confianza sin papeles que filtrar ni remitentes que ensobrar.

Ella dedica el tiempo libre a desahuciar políticos y él es su actual encargo. Acaba la presentación. Todos aplauden. Ella se va por la puerta de atrás de un parlamento que aún no han cerrado por falta de presupuesto. Él habla con el director del periódico donde mañana se publicarán los papeles de la filtración. Al salir cruzan la mirada.

Él como buen secretario de organización nunca quiso entrar en el gobierno. Ella, demasiado joven para saber que los príncipes azules destiñen, quedó prendada en la primera rueda de prensa. La historia duró lo que dura una legislatura subida al Dragon Khan de la política. Ellos volvieron al poder y ella desapareció por decreto de urgencia.

Al salir cruzan la mirada y no la recuerda. Ni a ella ni a la tarde en que le explicó la historia de Gilgamesh, cuando ella aún soñaba con ser escritora y él le escribía sueños con la arcilla sobrante de todos los secretarios de estado con pies de barro. Ni recuerda la última cena en La Camarga.

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